Cartagena, 2 febrero 2017

Yo tendría unos diez u once años cuando mi abuelo empezó con la enfermedad. No sabía muy bien qué pasaba, solo sabía que empezaba a hacer cosas raras. Al principio él tampoco sabía muy bien qué pasaba. Se le notaba que en ocasiones tenía momentos de cordura y momentos que no. Debió ser muy agobiante para él no saber qué le estaba ocurriendo. Recuerdo que era muy raro estar con mi abuelo: una vez intentó encender un bolígrafo con unas fichas de dominó (fumó durante gran parte de su vida). A pesar de todo esto, creo que nunca se mencionó la palabra “alzheimer” en ninguna conversación. simplemente era un continuo “el abuelo está muy mayor y se le está yendo la cabeza”.

A mi me resultaba muy curioso, porque había momentos donde no sabía quién era yo, pero una vez se metió en el coche sin que nos diésemos cuenta y quitaba el freno de mano y lo intentaba arrancar hasta que lo paramos. Era extraño: no te acuerdas que soy tu nieta pero te acuerdas de cómo quitar el freno de mano de tu coche. Más tarde comprendí que las cosas que hacía todos los días las recordaba como algo muy mecánico: arrancar coches, que fumaba, los crucigramas del periódico, etc.

Hubo un tiempo en el que mi abuelo estaba en una especie de residencia, donde lo cuidaban y pasaba tiempo con otras personas mayores. Aunque no fue mucho tiempo, a ninguno nos gustaba que estuviese ahí metido por mucho que fuésemos a visitarlo y por muy bien que lo cuidaban, yo siempre quería que estuviese en su casa, que es donde uno está a gusto.

Recuerdo que solía enfadarme mucho porque no me enteraba de las cosas. Muchas veces escuchaba a mis tíos hablar sobre cosas que hacía mi abuelo y que nadie me contaba nunca. Ya sé que eran cosas muy fuertes y difíciles de asumir (por ejemplo, en muchas ocasiones preguntaba dónde estaba mi abuela, que llevaba muerta unos 8 años y no nos quedaba más remedio que decirle que estaba de compras o en casa de nosequién, total, a la media hora ya se le habría olvidado). A pesar de todo, me molestaba mucho no enterarme de la situación, aunque comprendo perfectamente que no quisieran contármelo para protegerme (yo habría hecho lo mismo).

Y de repente, sin que te hayas dado ni cuenta, llega “ese fin de semana”. Un miércoles, mi padre nos dijo a mi hermana y a mi que si queríamos despedirnos del abuelo. Había llegado ese momento que tanto había temido. Fui al hospital temblando de miedo, y cuando llegué nada era como había pensado que iba a ser. Pensaba que mi abuelo iba a estar despierto, y poderle decir que era su nieta, que le quería muchísimo y poder darle un beso aunque no se enterase muy bien y no se fuese a acordar. Pero cuando llegué vi a mi madre y a mi tita de pie hablando, y a mi abuelo en la cama encogido y dormido. Lo habían sedado y se le notaba más delgado que nunca (cada día estaba más delgado y cada día me impresionaba más). Se le notaba tranquilo, le dí un beso y le dije que le quería mucho. Al día siguiente murió, el viernes hice un examen llorando y luego fui a tanatorio con mi familia.

Todo este proceso duró unos cuatro o cinco años, de los cuales recuerdo sobretodo los dos últimos que era cuando peor estaba mi abuelo. Fueron momentos duros, pero hay que endurecerse. Me alegra haberme criado en una familia donde todas estas situaciones se encajan lo mejor que se pueden encajar. Al mes de su fallecimiento, hicimos una misa en honor a él y a mi abuela en la que nos dedicamos a celebrar sus vidas, a recordar bonitos momentos que pasamos con ellos y a destacar cómo han formado y criado a una estupenda familia. Me entristece que haya tenido que pasar los últimos años así, pero siempre queda el consuelo de la gran vida que vivió.

Geli Yedra

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